El niño que cantaba el “Cara el Sol” para hacer rabiar a su abuela

Mucha gente nos había dicho que eso de “los 12 minutos” era una idea que tenía que trasladarse a todos los ámbitos de trabajo. Para nosotros era sencillo y no era ni original, ya habíamos visto en otros sitios que cuando se llegaba al trabajo lo primero que hacían era dedicar un ratito a algo deformación, una charlita… Pero, a veces, las cosas más sencillas y que ya han experimentado los que han venido por delante tuya son las más útiles para lo que uno persigue.

Nosotros buscábamos un espacio donde compartir experiencias, donde todos nos sintiéramos protagonistas e ir construyendo grupo.

Muchos de los que formamos parte del colectivo venimos con mochilas cargadas de experiencias vitales muy duras: Feith que llegó en patera con su marido y su hijo de un año, Abraham, que sufrió la irregularidad sobrevenida por no poder renovar los papeles a causa de una enfermedad, Amelio, que vivió durante años en la calle, Tina que lo había sufrido todo: la calle, la enfermedad, la violencia machista (vamos a llamar las cosas por su nombre, que antes a esto le llamábamos prostitución pero es eso, violencia machista), la droga y también la cárcel, de donde también salió Luis después de pasar media vida dentro, cuya historia parece sacada de una de esas películas que dirigía Eloy de la Iglesia en los ochenta y que no sabemos cómo sobrevivió a aquello, Jose, que fue maltratado y luego abandonado por sus padres biológicos y que todavía hoy, cuando ya pasa de los veinte años, sufre las consecuencias de lo que vivió los primeros años de su vida, pese a que ya apenas es capaz de poner en pie un relato de todo aquello y pese a haber tenido la fortuna de ser adoptado por una familia que se ha desvivido por darle lo mejor.

Así que para nosotros el llegar por la mañana, mirarnos a la cara, darnos los buenos días y un tiempo antes de “echar a trabajar” era esencial. Acordamos en su momento que cada día se encargaría una persona y que podría hacer lo que quisiera: ponernos a bailar, contar una historia o unos chistes, leernos un cuento, poner un vídeo sobre su pueblo, hablar sobre su vida, sobre el último fin de semana o de política, incluso de trabajo se podría hablar…

A lo largo de estos años, esos doce minutos nos han dado la oportunidad de conocer recetas nigerianas y paisajes paradisíacos de Cabo Verde, hemos aprendido mucho de reciclaje y reutilización, que para eso nos dedicamos a ello, nos hemos reído con más de doscientos chistes, hemos bailado al son de los éxitos del momento, le hemos dado la bienvenida a nuevos compañeros y nuestros mejores deseos a otros que se marchaban, hemos comentado, casi como tertulianos de televisión, lo que más nos llamaba la atención de la actualidad, hemos aprendido geografía, historia, biología, lengua y matemáticas, hemos compartido duros problemas personales y alegres noticias, hemos conocido el proceso de cultivo del cacao y de los caracoles, hemos debatido sobre genero e igualdad, inmigración e igualdad, exclusión e igualdad. Hasta sobre la vida extraterrestre hemos llegado a conversar.

Unas veces la cosa no da para más, como esas ocasiones en las que el encargado de turno se olvida de preparar algo, nos aburre con una charla de la que no comprendemos mucho o nos lee, un lunes por la mañana, un cuento infantil en un tono monocorde que abre más de una boca y cierra por momentos algún qué otro ojo.

 

Otras veces, muchas, ese escaso lapso de tiempo logra cambiarnos el estado de ánimo, nos despabila, nos hace iniciar el trabajo con una sonrisa o deja una muesca en nuestras conciencias. Como ocurrió aquel día en el que Benito quiso hablar de sus abuelos. Una historia que ha publicado El Salto y os recomendamos que no os la perdáis, a ser posible escuchando, de fondo, el tema de Rozalen ‘El hijo de la abuela’. Os aseguramos que merece la pena:“El Niño que cantaba el Cara al Sol para hacer rabiar a su abuela”

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